INDICADOR Del PUERTO - Especial
Por René Chávez
* A los forjadores, con motivo del 45 Aniversario de SICARTSA.
Lázaro Cárdenas, Mich., noviembre 3, 2021.- Habrá que anticiparse unas pocas horas en el tiempo, porque suele suceder que las fechas memorables de Lázaro Cárdenas cada vez se pierden más en la bruma del olvido. Nunca como ahora hace tanta falta rescatar los episodios que han edificado la comunidad actual para comprenderla, para apreciarla y para mejorarla, porque, al final, fue el sueño, la entrega y el esfuerzo de quienes enseguida citaremos.
Hubo una primera generación justo al inicio de lo que fue la Siderúrgica Lázaro Cárdenas-Las Truchas, SICARTSA, que se constituyó en una de las más esforzadas que han habitado aquí hasta hoy. Y el contenido de su existencia misma es lo que ha marcado una significación que debe ser recordada ahora justamente para que no se olvide.
Los acontecimientos políticos, económicos y sociales se han encargado de diluir la serie de memorables sucesos que confluyeron aquí un cuatro de noviembre de 1976, ¡Hace ya 45 años! Hoy, los principales protagonistas de la gesta que mostró al mundo la capacidad de logro de los trabajadores y técnicos mexicanos ubicados en Lázaro Cárdenas, deambulan olvidados por las calles de una ciudad que no solo los olvidó sino que no supo o no quiso registrar ese momento singular que bien merece un lugar en la memoria de la comunidad.
Aquellos obreros y técnicos, constructores que doblegaron las adversas condiciones geográficas y climáticas para erigir, hasta hoy, el complejo siderúrgico integrado más grande del país. Ellos, precisamente, son los hombres que en la actualidad no encuentran acomodo en ningún sitio y se ven desplazados por la primera ola de briosos cardenenses nacidos al amparo del rudo trabajo de sus padres.
Aquellos obreros y técnicos que bebieron largas horas de capacitación y empaparon las máquinas con el sudor de sus largas jornadas al resplandor del hierro fulgurante, son hoy los hombres encanecidos de caminar cansado, pero de mirada digna, que marcaron el camino y el destino de muchos, la gran mayoría, de los que hoy luchan y pretenden ser los artífices de la comunidad más joven y pujante del país.
Ellos eran cientos, miles, hombres y mujeres, obreros, técnicos, empleados, profesionistas, artistas, políticos incipientes y mujeres de hogar, que sin un propósito previo, sino solo por la confluencia del llamado histórico, les tocó en honra ser pioneros, sufrir y crear, converger en el lugar que en ese instante la historia determinó para emerger como la comunidad más joven de México.
Y, lamentablemente, la mayoría de ellos se encuentran hoy en el desempleo, el subempleo y el olvido.
Pasaron sus glorias, pasó su vitalidad, pasaron sus sueños, pero el orgullo y la satisfacción por el compromiso histórico cumplido no pasarán en tanto haya quien recuerde su paso epopéyico por el Lázaro Cárdenas. Este sentimiento de genuina entrega y participación es su timbre de orgullo, es su ejemplo, es su herencia.
Cuando en las cálidas noches se observa en el horizonte inmediato el resplandor de la gigantesca fragua, y las estrellas semejan el saltar de las chispas en oleadas, se recuerda a los hombres de frentes perladas que edificaron la fábrica que resuena en la ciudad que reposa a esas horas al amparo de la noche.
Por ahí, bajo humildes techos de la ciudad, descansan ahora los guerreros de hace 45 años, soñando con su historia, esperando el respeto y el reconocimiento de sus propios hijos, esperando un día mejor.
No importa que oficialmente nos se les haya rendido jamás un reconocimiento público ni tributo alguno, pero en tanto la industria siderúrgica local y la ciudad misma sean lo que son, ellos todos estarán presentes en el ánimo de cada día y en la esperanza de cada noche. Tal vez un día la comunidad haga memoria de si misma y descubra una gran omisión que es necesario reparar. Tal vez no sea demasiado tarde y para entonces muchos de aquellos nuestros hombres de ejemplo hayan partido ya.
Mientras tanto, a manera de un homenaje a todos ellos y ellas, sea conveniente rescatar una parte del mejor poema que se haya escrito para los forjadores del acero:
“Es la fragua un engaste de roja pedrería, que al vendaval del fuelle despide en oleadas la tempestad rugiente que inunda la acería; al golpe de los machos en franca sinfonía, el acero rinde sus fuerzas indomadas…. pin, pan, pin, pan.”
A ellos, a los verdaderos forjadores de Lázaro Cárdenas que la historia y nosotros hemos olvidado, a esos hombres canosos, dignos, orgullosos y de temple comprobado que pasan a nuestro lado y pretendemos no ver e ignorar.
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